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dilluns, 27 de maig de 2013

LA UTOPÍA NO TIENE LUGAR EN LA ESCUELA

Hace días que quería hacer un apunte sobre la utopía, y casualmente hoy es la palabra del día en la página del castellano.org. Allí se explica que en 1516, el humanista y político inglés Thomas More, conocido en castellano como Tomás Moro,publicó un ensayo político en latín titulado Libellus vere aureus nec minus salutaris quam festivus de optimo reipublicae statu de que nova insula Utopia, más conocido por Utopía, en el cual criticaba el sistema político británico del rey Enrique VIII y de todos los que regían en esa época en Europa.

En su obra, Moro describía con ese nombre una isla ideal en la que reinaba la paz y la armonía, y todos los seres humanos se realizaban como tales. Formó el nombre de la isla mediante la palabra griega topos 'lugar', a la que antepuso el prefijo privativo griego ou-, de modo que significaba algo así como «ningún lugar» o «lugar inexistente».

En el siglo XIX, el filósofo marxista alemán Friedrich Engels (1820-1895) retomó esta palabra para designar los sistemas políticos ideados por los primeros socialistas, cuya concreción él juzgaba inviable en la práctica. Engels describió el socialismo utópico de Owen, Saint- Simon y Fourier, y lo contrapuso al socialismo científico, preconizado por Marx y por él.

Hoy usamos utopía para denotar «sueño o proyecto que resulta irrealizable en la práctica». 

Creo que el "horno" actual está para pocas utopías. Demasiado desencanto alrededor como para ir fantaseando con situaciones idílicas. Pero esta es una opinión, claro. Hay quien acaba una exposición sobre Competencias Básicas en la Educación Secundaria y termina diciendo que la utopía está en el horizonte y rige su caminar por la vida.
Lástima que el optimista caminante no mire hacia abajo y vea el abismo o las piedras del camino que harán inviable llegar a la meta propuesta.
 En el fondo puede que todo se resuma en ignorancia, porque como dice el aforismo: inscitia omnis arrogantia mater est. Debe ser fantástico idear un orden perfecto donde los alumnos acuden a las aulas con un ansia de aprender voraz y los profesores tienen, cual Harry Potter, poderes mágicos para enseñar de forma eficaz a todos y cada uno de los cada vez más numerosos alumnos que llenan la clase. Aterrizar en clase, comprobar la realidad y desconfiar de las utopías viene a ser lo mismo.

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